Testimonio de un Mormón “Gay”: Mi Deseo de Serle Fiel al Señor

por Anónimo -

He sido miembro de la iglesia desde el 2001. Para ese entonces, había sido instruido sobre la ley de castidad y los planes de Dios para nosotros, sus hijos. Algunos meses después recibí una bendición patriarcal con grandes promesas de vida eterna si vivía el evangelio de Cristo.

Muchos años después de que aprendí sobre la iglesia, ya me había dado cuenta de que tenía ciertas inclinaciones. Sufrí mucho a causa de las bromas que escuchaba de mis compañeros de clase, en la calle en la que vivía, y de familiares que me criticaban de manera muy cruel, aunque solo era un niño. Solamente El señor y yo sabemos lo difícil que fue para mí, un pobre niño que no entendía por qué no le gustaba a la gente.

Le doy gracias a Dios por mi maravillosa madre, que nunca hizo nada para herirme, incluso viendo todo lo que me pasaba. Ella me enseñó sobre Dios y me proporcionó grandes enseñanzas cristianas que me hicieron la persona que soy ahora. Me cuestionaba sobre Dios muchas veces, preguntándole por qué me había dado un reto tan grande, incluso cuando lo había buscado y había tratado de vivir de acuerdo a lo que a él le hubiera gustado que yo viviera. ¿Realmente quería el que yo viviera una vida correcta? Le pedí muchísimas veces que me librara de esta tendencia y aún continuo rogándole por ayuda hasta hoy.


El bautismo en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días requiere una inmersión total por una persona que posea la autoridad del sacerdocio para bautizar.

Cuando me di cuenta de lo que me estaba pasando por primera vez, empecé a auto vigilarme, para intentar perder mis gestos afeminados. Ya no podía soportar más las burlas de mis compañeros de escuela, de la gente en las calles y de algunos familiares. En el 2001, cuando conocí la iglesia a través de un vecino, los miembros de la iglesia no me veían como un “peroba”, palabra que algunos usan para describir a los homosexuales. Ellos me veían como un hombre joven igual a los demás. Por supuesto que todos podían percibir mi reto, pero no me discriminaron. Me trataron con amor y respeto. Empecé a asistir a las actividades de la iglesia, y después de dos meses me sumergí en las aguas bautismales para convertirme en un miembro de la iglesia. Mi bautizo tuvo lugar después de una clase de seminario, por lo que muchos jóvenes estuvieron ahí. Un maravilloso mensaje fue escrito en el tablero para mí y los demás jóvenes se convirtieron en mis amigos, haciéndome sentir que pertenecía a un grupo por primera vez en mi vida.

Algunos años después, cuando cumplí 18, empecé a prepararme para mi misión. Mi bendición patriarcal me puso en claro que debía servir en una misión de tiempo completo. Mientras me preparaba, le conté a mi obispo sobre mi inclinación por primera vez.

Describirle mis problemas fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida.

Al principio, no podía hacer que las palabras salieran de mi boca. Un poco más tarde maneje el poder explicar lo que me había afligido por tantos años. El obispo era un hombre sabio y sabia como lidiar con esta clase de situación de una manera amable. Me dio a conocer mis objetivos, me ayudó a fijarlos y así fui llamado para servir a la misión de Fortaleza, Brasil. Pase dos años maravillosos sirviendo al señor.

Luché todos los días para superar mis dificultades. Vi la mano del señor en mi vida y en las vidas de las personas a las que ensenábamos. El señor se manifestó durante mi misión. Sentía su presencia, incluso cuando las cosas eran difíciles. En los momentos felices, él era un invitado especial compartiendo nuestra alegría.

Después de mi misión, mi vida continuó y yo continué luchando contra mis dificultades, siempre pidiéndole al padre su ayuda.

Estoy muy agradecido por haber servido esos dos años de mi vida. Mi testimonio maduró, y desde ese momento mi vida ha sido fuertemente influenciada por las experiencias que tuve durante mi misión. Ahora, el señor sabe que yo se que la restauración del evangelio es verdadera. No puedo negar esa verdad.

Yo se que Satanás quiere destruirme. Mis sentimientos diarios me recuerdan que me quiere hacer eternamente miserable. Pero también sé que Dios es nuestro Padre Celestial, y que si continuo por la ruta del señor, sosteniendo la barra de acero que Lehi describió, no caeré.

La iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días es la iglesia del señor en la tierra. Testifico sobre esta verdad, en el nombre de Jesucristo, Amen.

(Traducido por Silvia Hiatt. Leer el artículo en la lengua original.)

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